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- Yo estaba allí -


Había gente detenida en mitad del camino, algo poco habitual. Nadie gritaba, nadie empujaba. Solo ese tipo de revuelo silencioso que hace que uno reduzca el paso. 

Me acerqué. Ví a una persona en una pequeña loma de tierra seca, con la ciudad detrás: edificios grises, tráfico constante, pantallas encendidas incluso a plena luz del día.

No supe quién era. No había carteles, ni presentaciones. Estaba sentado en una pequeña elevación, sin nada que lo distinguiera. Podría haber sido cualquiera. Y, sin embargo, todos miraban hacia él.

Hablaba despacio. Sin solemnidad. Como si no tuviera prisa ni necesidad de convencer.

Lo primero que escuché fue que eran dichosos los que viven cansados, los que no llegan, los que lloran sin testigos. No lo dijo como consuelo. Lo dijo como afirmación. Como si estuviera describiendo una verdad que los demás aún no vemos.

A mi alrededor, la gente dejó de mirar el móvil. Dijo que la riqueza no salva, que el éxito no garantiza nada, que no se puede servir a dos señores. Nadie protestó. Supongo que porque todos sabíamos que era cierto, aunque nadie lo diga en voz alta.

Habló de la ley y dijo que cumplir no basta. Que se puede obedecer y aun así dañar. Que la violencia empieza mucho antes del golpe. Pensé en cuántas veces me he escudado en “no es cosa mía”.

Cuando habló de juzgar, fue incómodo. Dijo que señalamos con facilidad y que somos ciegos para lo propio. No levantó el dedo. No acusó a nadie. Aun así, sentí que me hablaba directamente.

Dijo que no hacía falta hablar mucho para rezar. Que hay que entrar en silencio. Que no todo necesita ser publicado. Vi a alguien guardar el teléfono en el bolsillo.

Habló del mañana. Dijo que preocuparse no lo aligera. Que el hoy ya pesa bastante. Aquello no sonó a resignación. Sonó a permiso para respirar.

Dijo que hay dos maneras de vivir: una fácil, ruidosa, ampliamente aceptada; y otra más estrecha, donde no cabe el ego. No prometió seguridad. Habló de cimientos.

No pidió nada.

No ofreció nada.

No cerró con una consigna.

Simplemente se levantó y se fue.

Nadie lo siguió de inmediato. Nadie aplaudió. Nos quedamos quietos, como cuando algo se ha movido por dentro y aún no sabes qué hacer con ello.

Yo tampoco supe quién era.

Pero me fui con una pregunta que no buscaba respuesta rápida:

¿Es de esto de lo que va la vida?