La palabra “existencia” es una de esas palabras cebolla: basta con pronunciarla para empezar a retirar capas, y cada una conduce a una pregunta más honda que la anterior. No es un concepto plano ni cómodo. Es un término que se resiste a una única definición, porque cambia según desde dónde se mire: desde la física, desde la filosofía, desde la experiencia íntima o desde la poesía.
En un primer nivel, “existencia” evoca la improbabilidad radical de estar aquí. No como metáfora, sino como hecho cósmico. Desde los primeros instantes del universo, cuando la materia comenzó a organizarse tras el Big Bang, hasta la forja de los átomos en el interior de las estrellas, todo apunta a una cadena de eventos extraordinariamente precisa. La evolución biológica, con sus errores, mutaciones y extinciones masivas, no hace sino reforzar esta idea: existir no es la norma, es la excepción.
- Materia: La mayor parte del universo no contiene nada en absoluto. Vacío, silencio, ausencia. En ese contexto, la aparición de estructuras estables, de planetas, de células y, finalmente, de conciencia, resulta casi subversiva. Somos islas de complejidad flotando en un océano de nada.
- Entropía: Existir implica mantener un orden local frente a una tendencia universal al desorden. Todo ser vivo es, en esencia, una pequeña insurrección temporal contra la entropía. Vivir es sostener una forma sabiendo que, tarde o temprano, se deshará.
En otro plano, la palabra “existencia” remite inevitablemente al existencialismo y a su giro radical de la mirada. Cuando Jean-Paul Sartre afirmó que “la existencia precede a la esencia”, no estaba haciendo una observación técnica, sino una afirmación incómoda: no hay un propósito previo que nos justifique.
- El yo: No nacemos con una identidad cerrada ni con un destino inscrito. Primero estamos aquí, arrojados al mundo, y solo después —a través de elecciones, errores, actos y renuncias— vamos escribiendo quiénes somos. La esencia no se descubre: se construye.
- Presencia: Existir no es solo ocupar un lugar en el espacio. Es advertir que se ocupa. Es la conciencia del “yo estoy aquí” frente a todo lo que no está. La existencia comienza realmente cuando se vuelve consciente de sí misma.
Más allá de la ciencia y la filosofía, la existencia también es experiencia sensible. Tiene textura, peso, temperatura. No se limita a pensarse: se siente.
- Es el roce del viento en la piel, el cansancio del cuerpo al final del día, la percepción del tiempo que fluye no como una idea abstracta, sino como algo que se manifiesta en el envejecimiento, en la memoria, en la espera.
- Es la diferencia fundamental entre un sistema que ejecuta instrucciones y un ser que vive lo que le ocurre. Un algoritmo puede procesar información; un ser existente siente el proceso, su impacto y su significado.
“Existir es cambiar, cambiar es madurar, madurar es crearse a sí mismo sin cesar.”
Desde esta perspectiva, la existencia no es un estado fijo, sino un movimiento continuo. No somos algo terminado, sino algo que está ocurriendo.
Por eso, para algunos, existir es un regalo: una oportunidad irrepetible de experimentar, amar, crear y comprender. Para otros, es un enigma, una pregunta sin respuesta definitiva. Y para muchos, es también una responsabilidad: la carga de saber que estamos aquí y que nuestras acciones, precisamente porque existimos, tienen consecuencias.
Tal vez la grandeza —y el vértigo— de la existencia resida en eso: en que no se limita a ser, sino que nos obliga a preguntarnos qué hacemos con el hecho de estar siendo.

