El tejido productivo de numerosas economías descansa en gran medida sobre las pequeñas y medianas empresas (PYMES). Son alabadas como motores de empleo y dinamismo. Sin embargo, tras esta imagen positiva, se esconde una realidad laboral <<Los incumplimientos laborales en las PYMES y la ardua batalla del trabajador por sus derechos>> frecuentemente opaca donde los incumplimientos de la normativa son, en muchos casos, la regla y no la excepción. Esta situación crea un escenario de doble vulnerabilidad: para la empresa, que a menudo opera al límite de su supervivencia, <<La presión competitiva feroz, la carga administrativa y los márgenes económicos reducidos no pueden justificar la violación sistemática de derechos fundamentales>> y sobre todo para el trabajador, cuyo camino para hacer valer sus derechos se asemeja a una carrera de obstáculos.
En las pequeñas empresas se fomenta una relación de "familia" o "equipo" donde reclamar se interpreta como deslealtad. La presión emocional y la proximidad con el empleador dificultan tomar una postura confrontacional.
Ante esta realidad, la posición del empleado es de extrema debilidad. Hacer valer sus derechos se topa con barreras aparentemente infranqueables. El miedo como factor determinante: En un contexto de alta competencia y escasa oferta laboral, el temor al despido (y a engrosar las listas del paro) es el principal silenciador. El trabajador teme ser etiquetado como "conflictivo", lo que podría cerrarle puertas en un sector local o especializado donde todo el mundo se conoce. Iniciar un procedimiento en la vía social o administrativa implica trámites burocráticos y estrés, <<La inspección de Trabajo aunque es el organismo clave es insufuciente>>, muchas denuncias se archivan o derivan en actuaciones que no llegan a materializarse en sanciones disuasorias. Aunque se gane el caso, la ejecución de la sentencia puede demorarse, y la relación laboral, obviamente, quedará destruida.
Los incumplimientos más habituales en el ámbito de las PYMES no son siempre dramáticos, pero su acumulación erosiona gravemente las condiciones de vida del empleado. Entre los más comunes destacan:
- Los contratos que no reflejan la jornada o salario reales siguen siendo frecuentes. El uso abusivo de períodos de prueba prolongados de forma irregular o la falsa contratación como autónomo ("falso autónomo") son prácticas lesivas.
- Las horas extra no pagadas ni registradas son quizás el incumplimiento por excelencia. Se normalizan bajo eufemismos como "quedarse un poco más" o "compromiso con la empresa".
- Los descansos semanales y las vacaciones no siempre se respetan.
- La precariedad salarial y salarios por debajo del convenio aplicable al no respetarse el grupo profesional o pagando el SMI, retrasos frecuentes en los pagos, o el cálculo incorrecto de pagas extras y cotizaciones a la seguridad social. En algunos casos, incluso se producen deducciones salariales irregulares.
- La inversión en seguridad y salud suele ser una de las primeras víctimas de los recortes. Esto expone a los trabajadores a entornos inseguros sin la formación o equipamiento adecuados.
- La vulneración de derechos fundamentales: Desde la falta de igualdad de oportunidades hasta la ausencia de canales para ejercer la representación colectiva.
La vulneración de derechos laborales en las PYMES alcanza su máxima expresión cuando un trabajador intenta ejercer el derecho fundamental a la representación colectiva. El proceso teóricamente democrático de elección de delegados de personal o comités de empresa se transforma, en muchos contextos de pequeña y mediana empresa, en un teatro amañado donde todas las partes —empresa, sindicatos mayoritarios y, en ocasiones, la administración— priorizan la "paz social" sobre la auténtica representatividad. Esta paz, lejos de ser sinónimo de justicia, es en realidad un pacto de no agresión que consolida un statu quo lesivo para los trabajadores.
El guion previo: Antes incluso de que se convoquen elecciones, se activa un mecanismo perverso. Es frecuente que representantes regionales de sindicatos mayoritarios mantengan contactos informales con la dirección. La propuesta tácita —y a veces explícita— es clara: "No os opongáis a que nuestro candidato se presente. Él es de confianza, buscará el entendimiento, y evitaremos conflictos y líos judiciales". Este triángulo de intereses se cierra con un cálculo frío:
- Para el sindicalista: Ascender dentro del aparato del sindicato, demostrando su capacidad para "gestionar" el conflicto y sumar afiliados y delegados al cómputo global de la central.
- Para el sindicato: Asegurar la presencia en la empresa (clave para sus estadísticas de representatividad) y, con ello, acceder a las subvenciones públicas vinculadas a esa representatividad. La conflictividad es mala para la imagen y para la negociación política a alto nivel.
- Para la empresa: Controlar al delegado. Un delegado "de confianza" es un filtro que suaviza las demandas de la plantilla, desactiva potenciales conflictos y garantiza que la "paz social" no se altere. Es el sindicalismo de pacto priorizando la estabilidad del sistema sobre la defensa agresiva de derechos.
La farsa electoral: presión, descuento y venganza silenciosa. Cuando surge una candidatura disidente, auténtica y alejada de este juego, el mecanismo se pone en marcha. En una PYME, donde todos se conocen y las relaciones son personales, el voto secreto es una ficción.
- El cálculo previo: La dirección, conociendo la plantilla al dedillo, ya ha hecho "las cuentas". Sabe quién es probable que vote a cada opción. En los días u horas previas a la votación, se ejercen presiones sutiles pero inequívocas sobre los más vulnerables: trabajadores con contratos temporales, personas con cargas familiares, aquellos en deuda de favores ("ya me ayudaste con ese horario, ahora espero tu comprensión"). Se recuerda que la empresa también concede favores: una categoría, un turno especial, una pequeña mejora. La amenaza subyacente es la pérdida de confianza, moneda de cambio fundamental en entornos pequeños.
- El día de la votación: Aunque la urna es secreta, la sospecha y el control omnipresente invalidan el principio. Y aquí llega el punto más frustrante para quien cree en la democracia sindical: incluso si gana la candidatura disidente, la empresa rara vez lo acepta. Inmediatamente después, se inicia el "descarte forense". La dirección analiza quiénes pudieron ser los "traidores". Se cruzan datos: quién ha tenido un conflicto reciente, quién se ha quejado en privado, quién tiene menos que perder. El acoso laboral posterior, sutil o explícito, sirve como castigo ejemplarizante y para asegurar que la próxima vez "no habrá sorpresas".
La gran traición: la complicidad estructural. Lo que convierte esta dinámica en especialmente corrosiva es la complicidad activa o pasiva de todos los actores del sistema.
- Los Sindicatos Mayoritarios: Prefieren un delegado sumiso a ninguna representación. Participan en este juego porque su poder institucional (subvenciones, presencia en consejos, diálogo social) se basa en la cantidad de representantes, no en la calidad de su lucha. Juegan con la ilusión democrática de los trabajadores a los que luego, paradójicamente, dicen defender desde la distancia. Su lema no escrito es: "Un mal acuerdo es mejor que un buen conflicto" (especialmente para la cúpula sindical).
- La Empresa (Patronal): Obtiene un delegado domesticado, evita inspecciones laborales más estrictas (a veces "avisadas" por el propio sindicato cómplice) y mantiene los costes laborales controlados. La "paz social" se traduce en estabilidad para explotar los márgenes de la legalidad.
- La Administración/Gobierno de turno: Prioriza la ausencia de conflictos laborales en las estadísticas. Una "paz social" artificialmente mantenida permite vender la imagen de un país o región dialogante y estable, atractiva para la inversión. Mirar hacia otro lado ante estas prácticas se considera un mal menor frente al "caos" de un sindicalismo combativo y real.
La conclusión es demoledora: Se ha creado un ecosistema perverso donde la "pasta social" (subvenciones, estabilidad de costes, réditos políticos) se intercambia por la "paz social", que no es más que el silencio de los trabajadores. Este sistema desarma colectivamente a la plantilla, destruye la fe en los instrumentos democráticos de representación y perpetúa un modelo de PYME donde los derechos laborales son moneda de cambio en un juego amañado.
Quien se atreve a desafiar este circuito no solo se enfrenta a su empleador, sino también, con frecuencia, al aparato del sindicato que debería acogerlo y a la desidia de una administración que no quiere problemas. El resultado es la desmovilización total y la consolidación de un poder empresarial absoluto, disfrazado bajo las formas huecas de una democracia laboral que solo existe en el papel.
La situación descrita señala un problema estructural. Solo cuando se desactive el miedo del trabajador y se incentive la legalidad en la empresa, se podrá construir un mercado laboral en las PYMES que sea justo, competitivo y sostenible a largo plazo. El crecimiento económico no puede cimentarse sobre la precariedad y el silencio forzado de quienes lo sostienen.
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